lunes, 25 de octubre de 2010

MÉXICO: DEL PRINCIPIO DE AUTORIDAD AL AUTORITARISMO COMO MODELO POLÍTICO

Por. Víctor Córdova Pereyra
Ninguna comunidad, es obvio, puede sobrevivir sin un orden específico que, de acuerdo a su naturaleza, a sus características, objetivos y devenir, represente el punto de partida desde el cual sea factible articular todo ese entramado de situaciones, anhelos, esquemas, paradigmas y actividades que llamamos cultura.
Visto así, a cualquier modelo cultural le es imposible prescindir de una piedra angular desde donde se levante su estructura ideológica, histórica, política, económica y social. Para definir los criterios de orden, jerarquía, legalidad y cumplimiento de dicha estructura, se gestan, ponderan y mantienen ciertos principios, que pueden ser morales, estéticos, sociológicos, políticos y de cualquier otro orden; principios que, al pasar de su contemplación teórica a la aplicación práctica devienen en criterios más delimitados en cuanto a su conceptualización y en cuanto a su campo teórico de acción, pero, en cambio, adquieren una significación pragmática que sustenta y justifica su actuar y su presencia en el contexto cultural al cual les son inherentes.
El principio de autoridad es, sin gran polémica de por medio, uno de los elementos fundamentales para la concreción y consolidación de cualquier modelo político, cultural y social que se precie de serlo cabalmente. De acuerdo con sus necesidades y sus rasgos históricos, cada periodo y por ende, cada uno de los modelos de los mencionados, ha visto y aplicado con matices específicos el principio en cuestión.
Sustraído a su dinámica cultural y a su devenir histórico donde situaciones tales como la imposición de modelos culturales distintos (el cristianismo en la colonia, el conservadurismo imperial en los primeros años de vida independiente, el liberalismo y el positivismo a mediados del siglo XIX, el capitalismo feudal del porfiriato a finales del mismo siglo ya principios del siglo XX, el nacionalismo populista y el corporativismo pos revolucionarios de la misma centuria, el capitalismo conservador, el populismo social, y el neoliberalismo global de la década de los 40’s del siglo pasado a la fecha) y su respectiva adopción acrítica por parte de la sociedad, México, como muchos otros países, ha asumido todas esas manifestaciones políticas convertidas en ideologías, decretos constitucionales y formas de gobierno, al grado que en determinados momentos y en determinados sectores sociales, cuesta mucho diferenciar la pertinencia de los mismos, así como una problemática que les es inherente, toda vez que han sido impuestos más que gestados y su adopción o adaptación al país y sus necesidades se ha dado de manera suigéneris: los límites entre el principio de autoridad y el autoritarismo como modelo político y como práctica cotidiana.
El ejemplo más reciente para muchos historiadores es quizá el Maximato, por la forma en que, detrás de los presidentes impuestos por él, Plutarco Elías Calles seguía dirigiendo los destinos del país; sin embargo, hay un ejemplo más reciente e inmediato que tiene su culmen en las actividades bélicas y beligerantes que han caracterizado al sexenio calderonista, me refiero aquí al maximato ejercido por Carlos Salinas de Gortari.
El expresidente Salinas, en rol autoritario, ha continuado, de alguna u otra manera, detrás de diferentes mandatarios desde Zedillo a la fecha. Su distanciamiento con Ernesto Zedillo Ponce de León, fue real, pero no por ello completo; la línea política y económica que Salinas le heredó a su sucesor, definió el rumbo que México debería continuar en dicho sexenio. Convencido del credo neoliberal que el mercado global profesa, el Dr. Zedillo, al igual que su antecesor, no vio con mucho inconveniente, mientras que para acallar voces tuviera al hermano incómodo del expresidente tras las rejas, navegar en pos de la ruta señalada. Los sexenios de Fox y de Calderón no han disimulado, aunque sí negado, la impertinente y nefasta influencia de Salinas. El intento de desafuero de Andrés Manuel López Obrador –otro personaje bizarro de la política nacional en quien ciertos desplantes anuncian un prospecto de Santa Anna, Álvaro Obregón o algo similar-, es el ejemplo más contundente del sexenio foxista con relación a la forma en que nuestros gobernantes llevan el autoritarismo hasta la parte más elevada y cínica de su práctica política con terribles resultados para el país y su población y su incipiente vida democrática. Es bien sabido por muchos y sin necesidad de tener una inteligencia preclara para analizar la política nacional, que la mano de Salinas de Gortari se hizo presente en el primer sexenio panista manipulando hechos y personas, instituciones y decisiones, al grado, “casualmente”, es en este mandato cuando Raúl Salinas es puesto en libertad.
La envestida tendenciosa, fallida y funesta que Felipe Calderón Hinojosa inicia contra el crimen organizado casi a principios de su mandato es también una manifestación de lo frágiles que en México son los límites entre el principio de autoridad y el autoritarismo; no hay más que leer y escuchar las declaraciones constantes de nuestro presidente para percatarnos de esta situación. No me refiero sólo a la justificación reiterada de su postura que él mismo se afana en reforzar, ni a la militarización del país y la consecuente criminalización de la sociedad civil que una actitud como ésta trae consigo, sino también al hecho del cada vez más evidente desvanecimiento de la institucionalidad democrática que padecemos. Acotados por los límites autoritarios del poder, las instancias democráticas se desvanecen y se ven como innecesarias ante ciertos sectores cuando es imposible que actúen frente a la violencia desatada y absurda del crimen organizado. No resulta entonces extraño que cada vez, en aras de mantener cierta estabilidad, sea la misma sociedad la que abogue y después exija que el ejercicio de la autoridad se dé exclusivamente mediante el autoritarismo para superar el estado de guerra y de indefensión en que los ciudadanos se encuentran.
Aunado a esto, en el sexenio actual, son explicables las reapariciones públicas que Salinas de Gortari ha venido realizando. Constituyen también una forma de recordarnos quién está detrás del poder y continúa ejerciendo cierta influencia no pequeña, por cierto. Parecería que dicha influencia crece en proporción a la ausencia de memoria crítica del pueblo mexicano… Más de una, atrae más de la otra. Como en el mandato de Pascual Ortiz Rubio, podríamos decir, “aquí vive el presidente y el que manda vive enfrente”.
El delicado equilibrio de un régimen democrático de avanzada contrasta con el caótico y “malabarístico” orden de nuestro sistema político, donde los límites vitales y necesarios entre cuestiones similares pero definitivamente no idénticas se rompen con facilidad en periodos críticos y en periodos no críticos –si es que alguna vez hemos vivido un periodo no crítico-. Lo más drástico es que, al parecer, por la realidad histórica actual, de meternos de lleno, es decir totalmente, a un sistema autoritario de mayor envergadura a los que hemos tenido del siglo XX a la fecha, dadas las circunstancias vigentes, lo más probable es que se trate de un totalitarismo a ultranza del que difícilmente saldremos bien librados.

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