Hace unos días, un compañero de trabajo que además labora como docente de historia en la preparatoria del Tec de Monterrey, me mostraba, con bastante indignación, uno de los ejemplares del libro de dicha asignatura, en el que –y esto es lo que lo incomodaba-, se mencionaban una serie de hechos de nuestro acontecer histórico reciente con un enfoque ciertamente crítico, entre los que se destacan el reconocimiento del fraude electoral que en 1988 se hizo en perjuicio de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano con la famosa caída del sistema y que culminó con la toma de la presidencia de la república por parte de Carlos Salinas de Gortari, además se hablaba del intento de desafuero en contra de Andrés Manuel López Obrador con el fin de sacarlo de la carrera por la presidencia de la república en 2006, así también se comenta en dicho material que las elecciones federales de ese año estuvieron marcadas por la incertidumbre que fácilmente podemos reconocer como fraude electoral o, mínimo, como elecciones injustas, inequitativas y, por ende, cuestionables en cuanto a su aspecto legal y sus resultados oficiales se refiere.
Comentaba este conocido mío, con una molestia evidente y manifiesta, que lo que más le desagrada de los tópicos abordados en el material en cuestión no sólo hacen palpable un cinismo rampante y violento por parte de la clase oligarca que respaldó los sucesos señalados y que financia la institución educativa privada de mayor peso en el país, sino que, además de esto pone de manifiesto algo igual de grave y delicado: la memoria a corto plazo de la sociedad mexicana.
Ante los avatares de la vida cotidiana (violencia, pobreza, desgaste del modelo económico, debilidad del Estado y sus sistemas jurídicos y legales, densidad y crecimiento urbanos desproporcionados, apatía y falta de orientación para confrontar problemáticas, etc.), la sociedad mexicana ha venido, en las últimas tres décadas, reforzando y proyectando un mal endémico que nos acomete desde mucho, mucho tiempo atrás y que consiste en el olvido deliberado o ‘accidental’ de aquellos sucesos o acontecimientos históricos, sucesos o acontecimientos que podrían, más allá de engrosar la retórica de mártires y de sufrimiento del estudio de nuestra historia, ayudarnos a tomar decisiones y posturas críticas y proactivas a favor de cambios o bien de la construcción de un modelo social, político y cultural que le permitiera a la ciudadanía empoderarse como contrapeso a los poderes e intereses tradicionales (oligarcas, funcionarios corruptos, iglesias, sindicatos, etc.) para construir una verdadera democracia, en la que el olvido –entendiéndose este no sólo como el hecho de no recordar lo sucedido, sino también como el hecho de recordarlo y no darle mayor importancia, no saberlo valorar- sea una actitud prohibida significativamente, pues en el ejercicio de esta situación radica la imposibilidad de nuestro desarrollo, la imposibilidad de nuestro tránsito de la democracia electorera a la democracia real y cotidiana, la imposibilidad de el surgimiento de una conciencia colectiva crítica que fundamente un modelo cultural más sólido, competitivo y trascendental, la imposibilidad de gestar la cohesión social que nos ayude a gobernar con la clase política y entender que dicha clase no es sino depositaria temporal de mecanismos que favorecen la mencionada acción (gobernar).
Sí, la molestia de mi amigo con respecto a la memoria convenenciera y de corto plazo de la sociedad mexicana es uno de los orígenes de tantos males que nos han mermando como nación, y su raíz es tanto histórica como sociológica, incluso, como dirían algunos, ontológica. Mientras desistamos de un ejercicio crítico que sea serio, responsable y sobre todo permanente, nuestro desarrollo histórico –o lo que queda de él- estará condenado al oscuro vacío que representa vivir en la dulce, apacible y devastadora ignorancia que nos caracteriza.
Comentaba este conocido mío, con una molestia evidente y manifiesta, que lo que más le desagrada de los tópicos abordados en el material en cuestión no sólo hacen palpable un cinismo rampante y violento por parte de la clase oligarca que respaldó los sucesos señalados y que financia la institución educativa privada de mayor peso en el país, sino que, además de esto pone de manifiesto algo igual de grave y delicado: la memoria a corto plazo de la sociedad mexicana.
Ante los avatares de la vida cotidiana (violencia, pobreza, desgaste del modelo económico, debilidad del Estado y sus sistemas jurídicos y legales, densidad y crecimiento urbanos desproporcionados, apatía y falta de orientación para confrontar problemáticas, etc.), la sociedad mexicana ha venido, en las últimas tres décadas, reforzando y proyectando un mal endémico que nos acomete desde mucho, mucho tiempo atrás y que consiste en el olvido deliberado o ‘accidental’ de aquellos sucesos o acontecimientos históricos, sucesos o acontecimientos que podrían, más allá de engrosar la retórica de mártires y de sufrimiento del estudio de nuestra historia, ayudarnos a tomar decisiones y posturas críticas y proactivas a favor de cambios o bien de la construcción de un modelo social, político y cultural que le permitiera a la ciudadanía empoderarse como contrapeso a los poderes e intereses tradicionales (oligarcas, funcionarios corruptos, iglesias, sindicatos, etc.) para construir una verdadera democracia, en la que el olvido –entendiéndose este no sólo como el hecho de no recordar lo sucedido, sino también como el hecho de recordarlo y no darle mayor importancia, no saberlo valorar- sea una actitud prohibida significativamente, pues en el ejercicio de esta situación radica la imposibilidad de nuestro desarrollo, la imposibilidad de nuestro tránsito de la democracia electorera a la democracia real y cotidiana, la imposibilidad de el surgimiento de una conciencia colectiva crítica que fundamente un modelo cultural más sólido, competitivo y trascendental, la imposibilidad de gestar la cohesión social que nos ayude a gobernar con la clase política y entender que dicha clase no es sino depositaria temporal de mecanismos que favorecen la mencionada acción (gobernar).
Sí, la molestia de mi amigo con respecto a la memoria convenenciera y de corto plazo de la sociedad mexicana es uno de los orígenes de tantos males que nos han mermando como nación, y su raíz es tanto histórica como sociológica, incluso, como dirían algunos, ontológica. Mientras desistamos de un ejercicio crítico que sea serio, responsable y sobre todo permanente, nuestro desarrollo histórico –o lo que queda de él- estará condenado al oscuro vacío que representa vivir en la dulce, apacible y devastadora ignorancia que nos caracteriza.
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