“Así se van a morir todos, los van a matar… uno a uno los van a ir matando hasta que no quede uno solo. Que los maten a todos, que no quede uno solo, no debieron nacer...” Dice el personaje ciego, interpretado por Miguel Inclán en la película de Luis Buñuel Los olvidados (1950), cinta en la que el director español expone la terrible realidad de las grandes ciudades que se encuentran en los países subdesarrollados. La sentencia fatal, dicho personaje, la hace patente cuando El Jaibo, protagonista de la cinta en cuestión y representado por Roberto Cobo, cae abatido por las balas de los policías que lo buscan por su actividad como delincuente –robo, haberse fugado de la correccional para menores y asesinato-. Uno de los logros más grandes de Buñuel con esta cinta es haber logrado superar la tradicional, conservadora y estereotípica visón que de la pobreza se tenía en el cine mexicano de esa época, pues en dicha película no sólo se manifiesta la realidad mediante una estética cruda, pero medida, sino que subyace un profundo análisis de las causas y condiciones que enmarcan las situaciones relativas a la delincuencia y a la violencia, no sólo como malestares sociales sino como partes inseparables a la condición humana y que se acentúan dramáticamente toda vez que un contexto hostil –como aquel que cree que la modernidad ha de llegar e imponerse a costa de todo, aún a costa de las vidas y del bienestar humanos- existe en calidad de caldo de cultivo para que dichos malestares se desarrollen hasta sus últimas consecuencias.
Pensar en que algún día habrán de erradicarse para siempre la violencia y la delincuencia y que, por ende, todo tipo de polarización y confrontación negativas desaparecerán también permanentemente, es poco más que una utopía y una ingenuidad absurda. Lo cierto es que problemáticas como éstas pueden atenderse, preverse y disminuirse sensiblemente en la medida en la que la operatividad de un sistema político, social y económico, su pertinencia y sus fundamentos humanistas se armonicen entre sí. Tarea harto compleja, pero necesaria.
El grito de El ciego, actuado por Inclán en el filme de Buñuel, es cada vez más parecido al clamor de la sociedad mexicana que, en algunos casos, ha pasado de petición y deseo gregario a exigencia o acto comunitario –léase linchamiento-. Ante el hartazgo de una realidad donde el crimen y la delincuencia han copado la vida de la ciudadanía, las personas se enfocan ahora solicitar y tratar de alcanzar un castigo o sanción lo suficientemente significativos para quienes delinquen de manera violenta y constante.
Creo yo que, aunque no justificada, sí explicada desde una óptica de víctima, esta sensación creciente es un síntoma inevitable de la crisis social y de seguridad que nos ah tocado vivir. ¿Quién, habiendo sido asaltado con lujo de violencia, despojado de su patrimonio o una parte de éste, no desea en realidad un castigo ejemplar y drástico para sus victimarios, aunque sea por pretender en esta situación cierto equilibrio ante la acometida que lo convirtió en un número más de esta realidad violenta? ¿Cuál de las víctimas de extorsión, amenazas, violación, secuestro o cualquier otro tipo de delito de este nivel no ha experimentado frustración, indignación, rencor, odio o cualquier otro sentimiento negativo en dimensiones tan grandes como el daño causado en su persona? ¿Ha gestado el sistema un verdadero aparato de justicia que le permita a las víctimas empezar y concluir todo un proceso de recuperación no sólo fisiológico, sino moral, anímico o emocional? ¿Podrá un sistema como el nuestro tener una verdadera capacidad de respuesta ante una problemática de dimensiones tan significativas, tan continuas como las que hoy padecemos?
Lo cierto es que mientras el malestar social aumente y la “guerra contra el crimen organizado” continúe por el derrotero que se eligió para ello, el daño infringido a este país, sus consecuencias y la devastación social alcanzados no podrán ser superados en muchas generaciones, si es que tal cosa se logra un día. La polarización, la ausencia e imposibilidad de diálogo entre los diferentes actores de este acontecer son escenarios no sólo cada vez más frecuentes, sino también cada vez más relacionados con el modus operandi del crimen organizado, o con la narcocultura en la que hoy por hoy estamos insertos, donde cada vez pesa más la ausencia del Estado, entelequia o fantasmagoría que, como tal, generalmente hace sus apariciones, a través de sus diferentes advocaciones –Sindicatos, Secretarías, Oligarcas, Líderes, Partidos Políticos, Paraestatales, etc.- sólo para espantarnos más –piénsese en impuestos altos, inequitativos y mal aplicados; prebendas injustas, inconstitucionales e inmorales; excedentes de petróleo que nunca aparecen; alianzas perversas y oportunistas; acarreos involuntarios; abusos de poder; corrupción… y una larga lista de etcéteras-.
De mantenernos en esta espiral insalvable e imparable de violencia y de degradación continua, como entre sicarios y cárteles, nos relacionaremos casi exclusivamente, unos con otros, en ausencia de diálogo, con gritos amorfos y oídos sordos, con gemidos y disparos, con golpes y ataques... Finalmente, al igual que en la película de Luis Buñuel, acabaremos gritando: “Mátenlos a todos, que no quede uno solo…”
Pensar en que algún día habrán de erradicarse para siempre la violencia y la delincuencia y que, por ende, todo tipo de polarización y confrontación negativas desaparecerán también permanentemente, es poco más que una utopía y una ingenuidad absurda. Lo cierto es que problemáticas como éstas pueden atenderse, preverse y disminuirse sensiblemente en la medida en la que la operatividad de un sistema político, social y económico, su pertinencia y sus fundamentos humanistas se armonicen entre sí. Tarea harto compleja, pero necesaria.
El grito de El ciego, actuado por Inclán en el filme de Buñuel, es cada vez más parecido al clamor de la sociedad mexicana que, en algunos casos, ha pasado de petición y deseo gregario a exigencia o acto comunitario –léase linchamiento-. Ante el hartazgo de una realidad donde el crimen y la delincuencia han copado la vida de la ciudadanía, las personas se enfocan ahora solicitar y tratar de alcanzar un castigo o sanción lo suficientemente significativos para quienes delinquen de manera violenta y constante.
Creo yo que, aunque no justificada, sí explicada desde una óptica de víctima, esta sensación creciente es un síntoma inevitable de la crisis social y de seguridad que nos ah tocado vivir. ¿Quién, habiendo sido asaltado con lujo de violencia, despojado de su patrimonio o una parte de éste, no desea en realidad un castigo ejemplar y drástico para sus victimarios, aunque sea por pretender en esta situación cierto equilibrio ante la acometida que lo convirtió en un número más de esta realidad violenta? ¿Cuál de las víctimas de extorsión, amenazas, violación, secuestro o cualquier otro tipo de delito de este nivel no ha experimentado frustración, indignación, rencor, odio o cualquier otro sentimiento negativo en dimensiones tan grandes como el daño causado en su persona? ¿Ha gestado el sistema un verdadero aparato de justicia que le permita a las víctimas empezar y concluir todo un proceso de recuperación no sólo fisiológico, sino moral, anímico o emocional? ¿Podrá un sistema como el nuestro tener una verdadera capacidad de respuesta ante una problemática de dimensiones tan significativas, tan continuas como las que hoy padecemos?
Lo cierto es que mientras el malestar social aumente y la “guerra contra el crimen organizado” continúe por el derrotero que se eligió para ello, el daño infringido a este país, sus consecuencias y la devastación social alcanzados no podrán ser superados en muchas generaciones, si es que tal cosa se logra un día. La polarización, la ausencia e imposibilidad de diálogo entre los diferentes actores de este acontecer son escenarios no sólo cada vez más frecuentes, sino también cada vez más relacionados con el modus operandi del crimen organizado, o con la narcocultura en la que hoy por hoy estamos insertos, donde cada vez pesa más la ausencia del Estado, entelequia o fantasmagoría que, como tal, generalmente hace sus apariciones, a través de sus diferentes advocaciones –Sindicatos, Secretarías, Oligarcas, Líderes, Partidos Políticos, Paraestatales, etc.- sólo para espantarnos más –piénsese en impuestos altos, inequitativos y mal aplicados; prebendas injustas, inconstitucionales e inmorales; excedentes de petróleo que nunca aparecen; alianzas perversas y oportunistas; acarreos involuntarios; abusos de poder; corrupción… y una larga lista de etcéteras-.
De mantenernos en esta espiral insalvable e imparable de violencia y de degradación continua, como entre sicarios y cárteles, nos relacionaremos casi exclusivamente, unos con otros, en ausencia de diálogo, con gritos amorfos y oídos sordos, con gemidos y disparos, con golpes y ataques... Finalmente, al igual que en la película de Luis Buñuel, acabaremos gritando: “Mátenlos a todos, que no quede uno solo…”
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