domingo, 3 de octubre de 2010

Lucha libre.

La lucha libre mexicana es un espectáculo muy rico en símbolos, donde podemos hallar varios complejos y sublimaciones del mejicano. Se ha hablado ya de la máscara que trasciende las fronteras del rito de la lucha libre y aparece en otras escenas no menos representativas como los conciertos de rock, o los estadios de fútbol. Se ha hablado también de la simulación de la violencia, de la catarsis vulgar de los espectadores, y de la peculiar dualidad rudo-técnico.
Yo quiero referirme a un tema poco explorado: el réferi. Y para explanar este aspecto del rito de la lucha, voy a permitirme la comparación con el rito de la lucha libre gringa. Siempre me llamó la atención la diferencia entre la lucha libre mejicana y la noramericana, la primera según recuerdo, era casi muda, los rudos y los técnicos luchaban a dos de tres caídas sin límite de tiempo, y las voces eran las de los locutores que narraban y tomaban partida por algún bando, la lucha noramericana era en comparación con la nuestra, lacónica. Y en cambio los diálogos entre los luchadores jugaban un papel importante en el desarrollo del espectáculo, recuerdo, hace algunos años lo extraño que me pareció oír a un luchador gringo hablar. El luchador mejicano es esencialmente mudo. Sobra decir que con la estandarización de este espectáculo, aprendió a hablar.
Pero lo que más me pareció diferente cuando vi por primera vez la lucha noramericana, fue la ausencia de un réferi, quiero decir, en medio de los dos luchadores, había una persona de uniforme a rayas, que contaba las palmadas en el piso al concluir la lucha. Pero nada más. En México la interpretación del réferi de luchas, fue harto distinta; tenía nombre, personalidad, ataviado de manera lustrosa y para bien o para mal, participaba decisivamente en el resultado del encuentro.
No quiero trazar aquí una descripción de los rasgos de la figura del réferi, en la lucha mejicana y noramericana, me interesa más pensar en qué hizo tan distinta la recepción de este personaje, de un rito tan importante en las clases bajas de ambos países. Para los gringos, la incómoda necesidad de que exista, a sabiendas de que su anulación imposibilitaría el rito, le dieron un atavío en blanco y en negro, como para atenuarlo todavía más, quisieron que su acción se limitara a la irrevocable legitimación del triunfo o la derrota, que los luchadores deben acatar, porque de no hacerlo, -consideran- la lucha misma, sería un sinsentido. El réferi de las luchas americanas es acotado pero contundente.
En México, la interpretación del rito de la lucha fue distinto, el mejicano no concibe la idea de que un árbitro sea parcial o secundario, pues nunca ha experimentado la imparcialidad, en quien debe aplicar una regla. Ello le hace descalificar a priori la posibilidad de que su réferi sea justo. Y la configuración que hace de esta idea es la de un ser mañoso, que se ha hecho un rostro y una personalidad definida, su atavío no es uniformado sino exageradamente individualizado. Es él mismo un luchador, el luchador que no lucha. Es también un personaje que huye de los roles clásicos en la lucha, dónde, o se es técnico (bondadoso, limpio, cristiano) o se es rudo (malvado, tramposo, violento) el réferi mejicano puede ir de un bando a otro, sin el menor resentimiento, pareciera que parte de su esencia es no pertenecer a nadie, y esa libertad anárquica, -el réferi mejicano es el único, a capricho, que puede negarse a sí mismo, o bien regresar a sí- no le concede la complejidad de la sorpresa, sino por el contrario le vuelve predecible y latoso - ello lleva al espectáculo de la lucha a la constante frustración, el espectador es testigo, de una reiterada ruptura de todos los símbolos que pudieran trazar una trama, ello constituye el estallido sustancial de la lucha libre mejicana, cuya única cura es la apoteósica carcajada que llega desde el público, la carcajada es lo que hace posible la repetición del rito.

1 comentario: