lunes, 25 de octubre de 2010

MÉXICO: DEL PRINCIPIO DE AUTORIDAD AL AUTORITARISMO COMO MODELO POLÍTICO

Por. Víctor Córdova Pereyra
Ninguna comunidad, es obvio, puede sobrevivir sin un orden específico que, de acuerdo a su naturaleza, a sus características, objetivos y devenir, represente el punto de partida desde el cual sea factible articular todo ese entramado de situaciones, anhelos, esquemas, paradigmas y actividades que llamamos cultura.
Visto así, a cualquier modelo cultural le es imposible prescindir de una piedra angular desde donde se levante su estructura ideológica, histórica, política, económica y social. Para definir los criterios de orden, jerarquía, legalidad y cumplimiento de dicha estructura, se gestan, ponderan y mantienen ciertos principios, que pueden ser morales, estéticos, sociológicos, políticos y de cualquier otro orden; principios que, al pasar de su contemplación teórica a la aplicación práctica devienen en criterios más delimitados en cuanto a su conceptualización y en cuanto a su campo teórico de acción, pero, en cambio, adquieren una significación pragmática que sustenta y justifica su actuar y su presencia en el contexto cultural al cual les son inherentes.
El principio de autoridad es, sin gran polémica de por medio, uno de los elementos fundamentales para la concreción y consolidación de cualquier modelo político, cultural y social que se precie de serlo cabalmente. De acuerdo con sus necesidades y sus rasgos históricos, cada periodo y por ende, cada uno de los modelos de los mencionados, ha visto y aplicado con matices específicos el principio en cuestión.
Sustraído a su dinámica cultural y a su devenir histórico donde situaciones tales como la imposición de modelos culturales distintos (el cristianismo en la colonia, el conservadurismo imperial en los primeros años de vida independiente, el liberalismo y el positivismo a mediados del siglo XIX, el capitalismo feudal del porfiriato a finales del mismo siglo ya principios del siglo XX, el nacionalismo populista y el corporativismo pos revolucionarios de la misma centuria, el capitalismo conservador, el populismo social, y el neoliberalismo global de la década de los 40’s del siglo pasado a la fecha) y su respectiva adopción acrítica por parte de la sociedad, México, como muchos otros países, ha asumido todas esas manifestaciones políticas convertidas en ideologías, decretos constitucionales y formas de gobierno, al grado que en determinados momentos y en determinados sectores sociales, cuesta mucho diferenciar la pertinencia de los mismos, así como una problemática que les es inherente, toda vez que han sido impuestos más que gestados y su adopción o adaptación al país y sus necesidades se ha dado de manera suigéneris: los límites entre el principio de autoridad y el autoritarismo como modelo político y como práctica cotidiana.
El ejemplo más reciente para muchos historiadores es quizá el Maximato, por la forma en que, detrás de los presidentes impuestos por él, Plutarco Elías Calles seguía dirigiendo los destinos del país; sin embargo, hay un ejemplo más reciente e inmediato que tiene su culmen en las actividades bélicas y beligerantes que han caracterizado al sexenio calderonista, me refiero aquí al maximato ejercido por Carlos Salinas de Gortari.
El expresidente Salinas, en rol autoritario, ha continuado, de alguna u otra manera, detrás de diferentes mandatarios desde Zedillo a la fecha. Su distanciamiento con Ernesto Zedillo Ponce de León, fue real, pero no por ello completo; la línea política y económica que Salinas le heredó a su sucesor, definió el rumbo que México debería continuar en dicho sexenio. Convencido del credo neoliberal que el mercado global profesa, el Dr. Zedillo, al igual que su antecesor, no vio con mucho inconveniente, mientras que para acallar voces tuviera al hermano incómodo del expresidente tras las rejas, navegar en pos de la ruta señalada. Los sexenios de Fox y de Calderón no han disimulado, aunque sí negado, la impertinente y nefasta influencia de Salinas. El intento de desafuero de Andrés Manuel López Obrador –otro personaje bizarro de la política nacional en quien ciertos desplantes anuncian un prospecto de Santa Anna, Álvaro Obregón o algo similar-, es el ejemplo más contundente del sexenio foxista con relación a la forma en que nuestros gobernantes llevan el autoritarismo hasta la parte más elevada y cínica de su práctica política con terribles resultados para el país y su población y su incipiente vida democrática. Es bien sabido por muchos y sin necesidad de tener una inteligencia preclara para analizar la política nacional, que la mano de Salinas de Gortari se hizo presente en el primer sexenio panista manipulando hechos y personas, instituciones y decisiones, al grado, “casualmente”, es en este mandato cuando Raúl Salinas es puesto en libertad.
La envestida tendenciosa, fallida y funesta que Felipe Calderón Hinojosa inicia contra el crimen organizado casi a principios de su mandato es también una manifestación de lo frágiles que en México son los límites entre el principio de autoridad y el autoritarismo; no hay más que leer y escuchar las declaraciones constantes de nuestro presidente para percatarnos de esta situación. No me refiero sólo a la justificación reiterada de su postura que él mismo se afana en reforzar, ni a la militarización del país y la consecuente criminalización de la sociedad civil que una actitud como ésta trae consigo, sino también al hecho del cada vez más evidente desvanecimiento de la institucionalidad democrática que padecemos. Acotados por los límites autoritarios del poder, las instancias democráticas se desvanecen y se ven como innecesarias ante ciertos sectores cuando es imposible que actúen frente a la violencia desatada y absurda del crimen organizado. No resulta entonces extraño que cada vez, en aras de mantener cierta estabilidad, sea la misma sociedad la que abogue y después exija que el ejercicio de la autoridad se dé exclusivamente mediante el autoritarismo para superar el estado de guerra y de indefensión en que los ciudadanos se encuentran.
Aunado a esto, en el sexenio actual, son explicables las reapariciones públicas que Salinas de Gortari ha venido realizando. Constituyen también una forma de recordarnos quién está detrás del poder y continúa ejerciendo cierta influencia no pequeña, por cierto. Parecería que dicha influencia crece en proporción a la ausencia de memoria crítica del pueblo mexicano… Más de una, atrae más de la otra. Como en el mandato de Pascual Ortiz Rubio, podríamos decir, “aquí vive el presidente y el que manda vive enfrente”.
El delicado equilibrio de un régimen democrático de avanzada contrasta con el caótico y “malabarístico” orden de nuestro sistema político, donde los límites vitales y necesarios entre cuestiones similares pero definitivamente no idénticas se rompen con facilidad en periodos críticos y en periodos no críticos –si es que alguna vez hemos vivido un periodo no crítico-. Lo más drástico es que, al parecer, por la realidad histórica actual, de meternos de lleno, es decir totalmente, a un sistema autoritario de mayor envergadura a los que hemos tenido del siglo XX a la fecha, dadas las circunstancias vigentes, lo más probable es que se trate de un totalitarismo a ultranza del que difícilmente saldremos bien librados.

viernes, 22 de octubre de 2010

ALTER EGO

Por. Dr. Sote
¿Y los expresidentes, apá?
Los gravísimos problemas que soportamos estoicamente, nos hacen volver la mirada hacia el ayer. Y es que si pensamos que todo tiempo pasado fue mejor… quién sabe. Es oportuno enjuiciar histórica y socialmente el trabajo de los últimos expresidentes. Hagamos un somero ejercicio acerca del actuar de los otrora manda más.
Gustavo Díaz Ordaz, sostuvo una macroeconomía estable y dinámica. Reprimió a los sindicatos, a los partidos políticos, a los estudiantes, a los maestros a los … a todo el que osara criticar su gobierno. Cerró las puertas al juego político y censuró la actividad democrática. Claro está, los inolvidables y espantosos acontecimientos del 68 harían olvidar cualquier mérito que hubiese obtenido.
Luis Echeverría Álvarez, a pesar de sus intentos por desligarse del dos de octubre, jamás lo ha podido lograr. Con él se inició la peor pesadilla económica. Demagogo, exhibicionista y sobre todo, un tipo al que le daba por hablar horas y horas, dio los primeros e importantes pasos para llevar al país a la bancarrota. Incapaz de limpiarse las manos de su participación en los trágicos hechos del 68, tuvo que lidiar con más manchas rojas en el famoso jueves de corpus. La propiedad privada estuvo en peligro y sus excentricidades solo fueron eso.
José López Portillo. Es un punto y aparte. Demagogia, soberbia, desparpajo y una tremenda corrupción caracterizaron su desempeño como presidente. Hablador como pocos “defenderé el peso como un perro” permitió y estimuló el enriquecimiento ilícito de quienes le rodearon. Nada que decir de lo económico, de pasar a administrar la riqueza, nos sumimos en la más dura recesión. Sólo recuérdese la nacionalización de la banca y sus nefastos resultados. Por cierto alcanzó la presidencia sin oposición.
Miguel de la Madrid. Más oscuro que sus trajes, pasó con mucha pena y poquísima gloria. Tampoco permitió la transición política hacia la democracia. La inflación alcanzaba el trescientos por ciento anualmente. Los salarios se caían y los productos, como jamás habíamos sufrido, escaseaban. Muchísimo circulante y nada que comprar. Al final de su periodo Salinas y los Chicago´s boys trabajaron con el famoso Pacto de Solidaridad que detuvo un poco la caída. Nadie sabe cómo es posible que se atreva a hacer declaraciones aun hoy en día.
Carlos Salinas de Gortari. Aún debemos esperar un juicio más objetivo de parte de la historia. Permitió el juego político, metió al orden a algunos seudo líderes y a la cárcel a otros. Creo un organismo que convocara, revisara, efectuara y calificara las elecciones, dio pie a que la oposición alcanzara puestos clave (recuerden que cuando Ruffo Aple tomó posesión, la ovación para el presidente fue histórica). Problemas internos en su partido empañaron el excelente trabajo de su equipo de imagen y su necedad en mantener el tipo de cambio llevaron a los errores de diciembre. A pesar de los intentos de satanizarlo, sin embargo, se mueve.
Vicente Fox Quezada. Extraordinario opositor, fue un producto relativamente fácil de vender en el marketing político desde sus tiempos de candidato a diputado, gobernador, etc.. Las irregularidades en la elección de la primera vez que se lanzó a la gubernatura de su estado, lo hicieron más famoso. Directo, a veces fanfarrón, sincero, atrabancado, su ahora esposa hizo todo lo posible por espantarle su buena fama. Es uno de los presidentes con el menor grado de cultura. Lástima, casi siempre se es mejor en el grito opositor, que en el ejercicio del poder. Tal vez ni pena ni gloria.
Y el actual, no, aun no termina su gestión. Todavía puede pasar un milagro y encontrarse con una varita mágica que le ayude. Y estos son los expresidentes más recientes.
Perdón, me faltaba uno. Le tocó la candidatura a la presidencia y posteriormente la primera magistratura por accidentes de la vida política de este ahora maltrecho país. Iniciando su gestión se destapó una crisis tremenda –no estoy de acuerdo que la más cruda de la historia, esa se las dejo a JLP y MMH- supo capotar los problemas económicos, bien en lo político, no fue un hombre excéntrico que amara los reflectores. Permitió el libre tránsito de la alternancia política y vive tranquilamente, trabajando como cualquier hijo de vecina, sin cobrar la pensión vitalicia a la que tienen derechos los exs. Fue un buen presidente y muchísimo mejor expresidente: Ernesto Zedillo.
Mi Alter ego piensa que debemos impulsar los eventos culturales. La cultura y su difusión es la parte agradable, inteligente, simpática y motor de desarrollo de la sociedad.

lunes, 18 de octubre de 2010

MÁTENLOS A TODOS

“Así se van a morir todos, los van a matar… uno a uno los van a ir matando hasta que no quede uno solo. Que los maten a todos, que no quede uno solo, no debieron nacer...” Dice el personaje ciego, interpretado por Miguel Inclán en la película de Luis Buñuel Los olvidados (1950), cinta en la que el director español expone la terrible realidad de las grandes ciudades que se encuentran en los países subdesarrollados. La sentencia fatal, dicho personaje, la hace patente cuando El Jaibo, protagonista de la cinta en cuestión y representado por Roberto Cobo, cae abatido por las balas de los policías que lo buscan por su actividad como delincuente –robo, haberse fugado de la correccional para menores y asesinato-. Uno de los logros más grandes de Buñuel con esta cinta es haber logrado superar la tradicional, conservadora y estereotípica visón que de la pobreza se tenía en el cine mexicano de esa época, pues en dicha película no sólo se manifiesta la realidad mediante una estética cruda, pero medida, sino que subyace un profundo análisis de las causas y condiciones que enmarcan las situaciones relativas a la delincuencia y a la violencia, no sólo como malestares sociales sino como partes inseparables a la condición humana y que se acentúan dramáticamente toda vez que un contexto hostil –como aquel que cree que la modernidad ha de llegar e imponerse a costa de todo, aún a costa de las vidas y del bienestar humanos- existe en calidad de caldo de cultivo para que dichos malestares se desarrollen hasta sus últimas consecuencias.
Pensar en que algún día habrán de erradicarse para siempre la violencia y la delincuencia y que, por ende, todo tipo de polarización y confrontación negativas desaparecerán también permanentemente, es poco más que una utopía y una ingenuidad absurda. Lo cierto es que problemáticas como éstas pueden atenderse, preverse y disminuirse sensiblemente en la medida en la que la operatividad de un sistema político, social y económico, su pertinencia y sus fundamentos humanistas se armonicen entre sí. Tarea harto compleja, pero necesaria.
El grito de El ciego, actuado por Inclán en el filme de Buñuel, es cada vez más parecido al clamor de la sociedad mexicana que, en algunos casos, ha pasado de petición y deseo gregario a exigencia o acto comunitario –léase linchamiento-. Ante el hartazgo de una realidad donde el crimen y la delincuencia han copado la vida de la ciudadanía, las personas se enfocan ahora solicitar y tratar de alcanzar un castigo o sanción lo suficientemente significativos para quienes delinquen de manera violenta y constante.
Creo yo que, aunque no justificada, sí explicada desde una óptica de víctima, esta sensación creciente es un síntoma inevitable de la crisis social y de seguridad que nos ah tocado vivir. ¿Quién, habiendo sido asaltado con lujo de violencia, despojado de su patrimonio o una parte de éste, no desea en realidad un castigo ejemplar y drástico para sus victimarios, aunque sea por pretender en esta situación cierto equilibrio ante la acometida que lo convirtió en un número más de esta realidad violenta? ¿Cuál de las víctimas de extorsión, amenazas, violación, secuestro o cualquier otro tipo de delito de este nivel no ha experimentado frustración, indignación, rencor, odio o cualquier otro sentimiento negativo en dimensiones tan grandes como el daño causado en su persona? ¿Ha gestado el sistema un verdadero aparato de justicia que le permita a las víctimas empezar y concluir todo un proceso de recuperación no sólo fisiológico, sino moral, anímico o emocional? ¿Podrá un sistema como el nuestro tener una verdadera capacidad de respuesta ante una problemática de dimensiones tan significativas, tan continuas como las que hoy padecemos?
Lo cierto es que mientras el malestar social aumente y la “guerra contra el crimen organizado” continúe por el derrotero que se eligió para ello, el daño infringido a este país, sus consecuencias y la devastación social alcanzados no podrán ser superados en muchas generaciones, si es que tal cosa se logra un día. La polarización, la ausencia e imposibilidad de diálogo entre los diferentes actores de este acontecer son escenarios no sólo cada vez más frecuentes, sino también cada vez más relacionados con el modus operandi del crimen organizado, o con la narcocultura en la que hoy por hoy estamos insertos, donde cada vez pesa más la ausencia del Estado, entelequia o fantasmagoría que, como tal, generalmente hace sus apariciones, a través de sus diferentes advocaciones –Sindicatos, Secretarías, Oligarcas, Líderes, Partidos Políticos, Paraestatales, etc.- sólo para espantarnos más –piénsese en impuestos altos, inequitativos y mal aplicados; prebendas injustas, inconstitucionales e inmorales; excedentes de petróleo que nunca aparecen; alianzas perversas y oportunistas; acarreos involuntarios; abusos de poder; corrupción… y una larga lista de etcéteras-.
De mantenernos en esta espiral insalvable e imparable de violencia y de degradación continua, como entre sicarios y cárteles, nos relacionaremos casi exclusivamente, unos con otros, en ausencia de diálogo, con gritos amorfos y oídos sordos, con gemidos y disparos, con golpes y ataques... Finalmente, al igual que en la película de Luis Buñuel, acabaremos gritando: “Mátenlos a todos, que no quede uno solo…”

martes, 12 de octubre de 2010

ALTER EGO


Por. Dr. Sote

Cuando el gobernador –el todavía gobernador- de Jalisco declaró que no le ha perdido el “asquito” así, en diminutivo a los matrimonios homosexuales, cabe preguntar: ¿no le dan asco los borrachos? ¿no le dan vergüenza los boca suelta? ¿no le dan pena quienes insultan a diestra y siniestra, sean a poquitos o a muchos, porque simplemente no piensan como él? ¿no tiene pudor de presentarse a un evento público cayéndose de ebrio? ¿es peor ser homosexual que gobernador irrespetuoso, grosero, altanero, irreverente, quien no sabe detenerse ni controlarse ante damas, caballeros y eclesiásticos? ¿no le da tristeza que sus paupérrimas palabras hayan sido motivo de sonora carcajada y de festejo –inexplicable para nosotros- por parte de decentes damas, galantes caballeros, excelentísimos representantes eclesiásticos y demás funcionarios públicos?

Seguramente la resaca de Emilio González, no ha terminado. Regresa peor que nunca haciendo declaraciones que ahora no puede justificar bajo el influjo de las copas –mala disculpa siempre- ni pidiendo indulgencias a don Juan. Ni duda cabe que la cruda es más peligrosa que la misma embriaguez.

Y lo más peligroso es que “todavía” no le “ha perdido” el “asquito” a los matrimonios y a las personas gay ¿estará haciendo todo lo posible por quitárselo? Del odio al amor hay un paso, y con esa manera de beber, nadie sabe si al final de la noche pagó o le pagaron.

Mi alter ego me pide que sea optimista. Cree que las cosas van a cambiar, que van a mejorar. no pasará mucho tiempo, me dice, para poder volver a ver una sociedad en paz. Espero que mi alter ego no se equivoco, ahora yo creo en él.

lunes, 11 de octubre de 2010

MEMORIA Y DESMEMORIA DE LA SOCIEDAD MEXICANA

Hace unos días, un compañero de trabajo que además labora como docente de historia en la preparatoria del Tec de Monterrey, me mostraba, con bastante indignación, uno de los ejemplares del libro de dicha asignatura, en el que –y esto es lo que lo incomodaba-, se mencionaban una serie de hechos de nuestro acontecer histórico reciente con un enfoque ciertamente crítico, entre los que se destacan el reconocimiento del fraude electoral que en 1988 se hizo en perjuicio de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano con la famosa caída del sistema y que culminó con la toma de la presidencia de la república por parte de Carlos Salinas de Gortari, además se hablaba del intento de desafuero en contra de Andrés Manuel López Obrador con el fin de sacarlo de la carrera por la presidencia de la república en 2006, así también se comenta en dicho material que las elecciones federales de ese año estuvieron marcadas por la incertidumbre que fácilmente podemos reconocer como fraude electoral o, mínimo, como elecciones injustas, inequitativas y, por ende, cuestionables en cuanto a su aspecto legal y sus resultados oficiales se refiere.
Comentaba este conocido mío, con una molestia evidente y manifiesta, que lo que más le desagrada de los tópicos abordados en el material en cuestión no sólo hacen palpable un cinismo rampante y violento por parte de la clase oligarca que respaldó los sucesos señalados y que financia la institución educativa privada de mayor peso en el país, sino que, además de esto pone de manifiesto algo igual de grave y delicado: la memoria a corto plazo de la sociedad mexicana.
Ante los avatares de la vida cotidiana (violencia, pobreza, desgaste del modelo económico, debilidad del Estado y sus sistemas jurídicos y legales, densidad y crecimiento urbanos desproporcionados, apatía y falta de orientación para confrontar problemáticas, etc.), la sociedad mexicana ha venido, en las últimas tres décadas, reforzando y proyectando un mal endémico que nos acomete desde mucho, mucho tiempo atrás y que consiste en el olvido deliberado o ‘accidental’ de aquellos sucesos o acontecimientos históricos, sucesos o acontecimientos que podrían, más allá de engrosar la retórica de mártires y de sufrimiento del estudio de nuestra historia, ayudarnos a tomar decisiones y posturas críticas y proactivas a favor de cambios o bien de la construcción de un modelo social, político y cultural que le permitiera a la ciudadanía empoderarse como contrapeso a los poderes e intereses tradicionales (oligarcas, funcionarios corruptos, iglesias, sindicatos, etc.) para construir una verdadera democracia, en la que el olvido –entendiéndose este no sólo como el hecho de no recordar lo sucedido, sino también como el hecho de recordarlo y no darle mayor importancia, no saberlo valorar- sea una actitud prohibida significativamente, pues en el ejercicio de esta situación radica la imposibilidad de nuestro desarrollo, la imposibilidad de nuestro tránsito de la democracia electorera a la democracia real y cotidiana, la imposibilidad de el surgimiento de una conciencia colectiva crítica que fundamente un modelo cultural más sólido, competitivo y trascendental, la imposibilidad de gestar la cohesión social que nos ayude a gobernar con la clase política y entender que dicha clase no es sino depositaria temporal de mecanismos que favorecen la mencionada acción (gobernar).
Sí, la molestia de mi amigo con respecto a la memoria convenenciera y de corto plazo de la sociedad mexicana es uno de los orígenes de tantos males que nos han mermando como nación, y su raíz es tanto histórica como sociológica, incluso, como dirían algunos, ontológica. Mientras desistamos de un ejercicio crítico que sea serio, responsable y sobre todo permanente, nuestro desarrollo histórico –o lo que queda de él- estará condenado al oscuro vacío que representa vivir en la dulce, apacible y devastadora ignorancia que nos caracteriza.

domingo, 10 de octubre de 2010

La plaga del militarismo

Una vez restaurada la República Benito Juárez, consideró necesaria una administración con “menos soldados y más profesores” algunas décadas más tarde, Calles, fundaría el PNR, para legitimar la fuente del poder, y con ello superar de una buena vez las pugnas entre los indómitos generales revolucionarios. Ambos intentos, a su manera comparten la misma tesis: la evidente contradicción entre el militarismo desbordado y la República.
Cada uno de estos dos modelos requiere de una materia prima; el militarismo, de violencia y anarquía, y la República, de una sociedad civil (izada). De Alguna manera Calles fue más exitoso que Juárez, y México vivió muchos años de milagrosa estabilidad. Pero conforme se acababa el siglo XX, el milagro ya era algo distante, y se volvió necesario revisar los supuestos más elementales de nuestra vida pública e institucional. En esa revisión, que de alguna manera todos hemos hecho, llegamos a la constatación más importante –aunque a veces nos esforcemos por evadirla- la ausencia de una sociedad civil (izada), y como hemos dicho, sin ello la República es una imposibilidad.
Nuestros gobernantes, con un entendimiento más pobre, han llegado a esa misma conclusión, de ahí la legitimación del militarismo, conforme se debilita la sociedad, conforme desciende a la barbarie, el soldado se legitima con mayor razón, hasta su probable apoteosis. En Chihuahua, somos testigos de la militarización de los mandos de las policías municipales y la policía estatal, la mano dura gana terreno frente a la ciudadanización de las instituciones, los supuestos con los que trabajan los expertos de la seguridad pública, y que buscan entre otras cosas el acercamiento entre las instituciones de seguridad y la ciudadanía, se vuelven prescindibles y ligeras, no veremos en Chihuahua, Seguridad Pública, simplemente porque hemos elegido un modelo retrógrada, un modelo que puede obviar los principios más básicos del republicanismo.
El militarismo como estrategia, puede ser efectivo en su propósito de violentar la voluntad de la violencia, pero inútil, desgraciada y románticamente inútil, en su probable tarea reformadora. El militarismo, para decirlo con claridad, no agrega nada nuevo ni en el fortalecimiento de las instituciones, ni en el recorrido histórico del país.
Todos –cada quien a su modo- nos hemos preguntado, ¿cuándo se originó todo este desmadre? Nos preguntamos también ¿cómo recomponer este estado? La única respuesta correcta, es la que he referido en esta nota, el rasgo fundamental del México del siglo XX es su Estado, y la superación de este atolladero generacional nos resulta tan complicado, porque su único programa posible incluye el abandono del México que nos legó el llamado "Jefe Máximo"

viernes, 8 de octubre de 2010

El gobernador de Jalisco.

Por Dr. Sote

"El gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, confesó que los matrimonios homosexuales le dan "asquito".

Este día durante la inauguración de la Segunda Cumbre Iberoaméricana de la Familia que organiza la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), el mandatario estatal expresó su rechazo a las familias encabezadas por parejas gay.

"Yo sí, bueno para mí, sí es matrimonio si es un hombre y una mujer, porque qué quieren uno es a la antiguita y uno es así, al otro todavía como dicen no le he perdido el asquito", dijo en su discurso. El gobernador panista se había mantenido al margen en relación a los matrimonios del mismo sexo.

González Márquez advirtió que en la actualidad la sociedad es egoísta. "Si tenemos una sociedad violenta es porque al interior de nuestras familias, de los papás hacia los hijos, del esposo hacia la mujer existen situaciones de violencia toleradas o incluso fomentadas", señaló. "


MI COMENTARIO

Si el gober de Puebla, es precioso, ¿éste será gober sobrio? A mi me dan pena y asco los funcionarios que "trabajan" en pleno estado de ebriedad. Cuando estás de popó hasta acá, no digas ni pio.

martes, 5 de octubre de 2010

ALTER EGO

Por. Dr. Sote
Ojalá a César Duarte le vaya muy bien en su gestión como gobernador. Porque si le va bien a él nos va bien a todos y sobremanera a Chihuahua.
Decía Descartes que ante una dificultad debemos "Dividir cada una de los problemas en tantas partes como sea posible para obtener una mejor solución". Se dice que a grandes problemas grandes soluciones, pero no es del todo correcto. La insinuación de la supresión de los derechos individuales, como se ha ofertado, no es una respuesta viable a la situación de extrema inseguridad que hoy soportamos y sólo afectaría a los ciudadanos pacíficos, comunes y corrientes como usted y como yo.
Retomando el estilo cartesiano, me agrada la iniciativa del gobernador de atacar los problemas partiéndolos en piezas. Sobre todo el de no permitir la circulación de automóviles chuecos. Estoy entendiendo que la autoridad impedirá que transiten vehículos sin placas. Y esto traerá varias consecuencias.
La anárquica entrada de automóviles ilegales trajo consigo conductas nada deseables y por supuesto nefastas consecuencias. Como ciudadanos nos “instruimos” –si es que los antivalores se pueden cultivar- a pasar por encima de la ley, a conocer la parte “buena” de la impunidad, el rostro “cómodo” del soborno y a defender el “derecho” ciudadano de no respetar la legislación. Por su parte, los gobiernos de aquellos ayeres en un plan paternalista, demagógico, corrupto en no pocas ocasiones, y, sin ganas de cumplir su obligación, permitieron que todos aprendiéramos a violar -sin miedo alguno- los reglamentos. Y muchos creyeron ser inteligentes, prácticos, hábiles y felices.
El no permitir que los vehículos transiten sin placas debe ser regla universal: ni los más pobres ni los más ricos podrán guiar un vehículo legalmente irregular. Ni porque unos cuenten con precarios recursos económicos y a los otros les sobre. Ni porque sean funcionarios públicos federales, ni estatales ni municipales. Le ley debe ser pareja.
Y entonces tendremos que reeducarnos y reaprender el valor de respetar la ley, saber de los beneficios de vivir legal y respetuosamente y a conducirnos y mantenernos como ciudadanos responsables y.
Mi alter ego me dice que debo felicitar a los salientes –esos a los cuales Luís Echeverría llamó “Emisarios del Pasado”- porque sacrificaron parte de su vida trabajando incansablemente por y para el estado. Todavía cree que cumplieron valerosa y patrióticamente el poder que el pueblo les confirió, les prestó. Me instruye a agradecerles su función y a desearles muchos éxitos, pero a veces mi alter ego se equivoca.
doctorsote@gmail.com

lunes, 4 de octubre de 2010

LA CRIMINALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD CIVIL

La conmemoración del 2 de octubre de 1968 nos sorprende en medio de un ambiente hostil y violento. No recién se han dado hechos de sangre en una entidad del país, cuando ya, en otra, nuevas noticias relacionadas con el crimen organizado y con el abuso de poder de las fuerzas federales, principalmente el ejército, hacen su aparición.
Los rumores sobre un posible estado de excepción en Ciudad Juárez entre dejan ver, además de la inoperancia y la ineptitud con que el gobierno de todos los niveles actúa ante la escalada de violencia en el país, una tendencia nada nueva y totalmente antidemocrática que constituye una vieja práctica en la política nacional desde hace muchísimo tiempo y que en el sistema de la revolución institucionalizada fue un fuerte carta de presentación independientemente del giro ideológico que el sexenio en turno tuviera o presentara (de derecha, de izquierda, populista, nacionalista, progresista, conservador, neoliberal, etc.): la criminalización de la sociedad civil.
Las constantes represiones ejercidas por el gobierno de México en el siglo XX –y también en el siglo XIX- contra distintos grupos disidentes, moderados, radicales y de distintos signos políticos, se fueron haciendo presentes apoyadas en argumentos que se apegan al discurso oficial, en función, obviamente, de los intereses del Estado; situación no exclusiva de México y nada anómala en el devenir político y social de nuestra historia, sin embargo, no por ello, menos digna de llamar nuestra atención.
Las represiones contra sindicalizados disidentes, partidos de oposición real, ideólogos no alienados al sistema, profesores, médicos, mineros, obreros, campesinos, estudiantes, homosexuales, indígenas, etc. Se han dado acompañadas de consignas oficiales en las que los reprimidos son, por una u otra razón, de alguna u otra manera, enemigos del Estado y del bien común –cualquier coincidencia con alguna campaña presidencial, donde algún candidato haya sido tachado de ‘un peligro para México’ tómese con reserva, como se toma todo en México para no comprometer el análisis y para seguir reflexionando sobre el vacío y para el vacío-, señalando así, a los inculpados, como criminales indefendibles.
Si bien los excesos y los matices de ciertas manifestaciones antigubernamentales en la historia de nuestro país, son, por su forma de expresarse, no indefendibles pero sí erróneas, la ausencia de una verdadera tradición democrática en nuestra cultura aumenta la imposibilidad de diálogo entre gobierno y gobernados cuando éstas y otras expresiones sociales se manifiestan en su pleno derecho de libertad de expresión. La cancelación del diálogo no sólo polariza y genera tensión en cualquier contexto político e histórico, sino que también define roles y estándares sociales que con el tiempo se vuelven difíciles de mover y de modificar. Así pues, en México, la ciudadanía y la sociedad civil siguen luchando contra corriente, siguen avanzando muy despacio, con casi todo -a veces consigo misma- en contra. Obviamente que la situación actual, la violencia excesiva y desbordada que nos acomete como resultado de una fallida ‘guerra’ contra el crimen organizado, vuelve mucho más sensible y dura esta realidad, pues, como en toda confrontación bélica, para quien la declara, tiene que haber una justificación de peso, ya que una guerra, en términos económicos y financieros, por no hablar de los términos culturales, sociales y humanos, requiere inversiones y sacrificios considerables. Desde un punto de vista moral, la guerra contra el narco, como ya se ha mencionado en este espacio anteriormente, está plenamente justificada desde una perspectiva moral, así de primera mano; el problema lo encontramos cuando nos metemos de lleno en los matices que este fenómeno presenta, pues la corrupción innegable del gobierno, sus fallas, su indolencia, su falta de pericia y su incapacidad para adaptarse a los cambios urgentes que son resultado de esta empresa en la que decidió meterse con tal de legitimarse, lo han llevado, ante la ausencia de una verdadera naturaleza democrática, a optar por una salida no fácil, pero sí utilitaria y que nos va acostar mucho a todos los mexicanos: el sometimiento de la sociedad civil.
Una delas primeras respuestas que, invariablemente, ha tenido Calderón para hechos de sangre suscitados en el marco de este problema, es la que consiste en criminalizar a la sociedad civil, así sucedió con los estudiantes del Tec de Monterrey que fueron abatidos, por el ejército mexicano, así sucedió con los jóvenes de Ciudad Juárez que fueron acribillados en una fiesta particular –en ambos casos el mandatario tuvo que retractarse en público de sus aseveraciones-, de un modo muy parecido al que, en su momento, como gobernador del estado de Chihuahua, Francisco Barrio Terrazas señaló como corresponsables de los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez a las mismas víctimas por usar minifaldas y salir de noche (quizá con esta declaración el señor Barrio consideró exigir a las maquiladoras que en su sexenio se instalaron en la entidad un cambio de horario para las empleadas quienes, por cuya tendencia a favorecer los asesinatos en su contra, aceptaron dichos empleos en esas condiciones quizá sólo por pasar el tiempo, ¿no?).
Si bien toda acusación y todo señalamiento no es en sí mismo la criminalización de alguien o de algo, sí lo es cuando ese señalamiento, cuando esa acusación se presentan como parte de un discurso permanente en el que hechos y palabras se conjugan dentro de una política social y económica que refuerzan lo expresado en el discurso en cuestión. En el caso de medidas como la Iniciativa Mérida y como los acuerdos entre los gobiernos de México y de Estados Unidos para combatir al crimen organizado en México con rigor, efectividad y sin tregua, subyace una poderosa y peligrosa forma del reforzamiento de la criminalización de la sociedad civil, pues en la medida en la que la intervención estadounidense con fines de apoyo se efectúa en relación a esta empresa lo hace sólo desde un frente, sólo en una dirección: la de la intervención en nuestra vida política y en nuestro territorio; mientras tanto la autonomía nacional se debilita, se ve lesionada y con ello se debilita también el marco legal y constitucional que protege al ciudadano de los abusos de las autoridades –ahora no sólo nacionales, sino también extranjeras-, pues la práctica de la mencionada criminalización, práctica que por lo visto va a tardar mucho en prescribir de nuestra cultura, está, potencialmente, en aras de alimentarse de esta participación extranjera y, por ende, guiarse, a partir de entonces, exclusivamente con la línea que dicha intervención dicte.
El curso que los acontecimientos puedan tomar a partir de ahora es cada vez menos promisorio, menos alentador, más aún peligrosamente irreversible, si se persiste en al vieja práctica de criminalizar al ciudadano ante un contexto que ya le es de por sí hostil. Los hechos del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, fue el resultado de una negación al diálogo, de una imperiosa necesidad de concluir con un movimiento social, a como diera lugar, para poder dar inicio a las olimpiadas ‘en paz’, puede ser que, como dicen algunos analistas de derecha, se trate también de un resultado de la manipulación ideológica ejercida sobre los jóvenes por parte de ideólogos comunistas que pretendían desestabilizar, en plena guerra fría, al sistema mexicano y que, a raíz de dicha manipulación, los estudiantes se dejaron llevar hacia una trampa; sea como sea, el hecho de que en esa matanza se manifiesta de la manera más atroz la criminalización de la sociedad civil, eso es evidente; esperemos pues que no proceda lo que algunos políticos proponen con respecto al Estado de Excepción, pues favorecería esta vieja y antidemocrática práctica, y de ser así, es muy probable que el Estado Mexicano ya no pudiera reponerse ante este golpe, mismo que, como siempre, se resentiría más en la sociedad civil, ya de por sí vulnerada.

domingo, 3 de octubre de 2010

Lucha libre.

La lucha libre mexicana es un espectáculo muy rico en símbolos, donde podemos hallar varios complejos y sublimaciones del mejicano. Se ha hablado ya de la máscara que trasciende las fronteras del rito de la lucha libre y aparece en otras escenas no menos representativas como los conciertos de rock, o los estadios de fútbol. Se ha hablado también de la simulación de la violencia, de la catarsis vulgar de los espectadores, y de la peculiar dualidad rudo-técnico.
Yo quiero referirme a un tema poco explorado: el réferi. Y para explanar este aspecto del rito de la lucha, voy a permitirme la comparación con el rito de la lucha libre gringa. Siempre me llamó la atención la diferencia entre la lucha libre mejicana y la noramericana, la primera según recuerdo, era casi muda, los rudos y los técnicos luchaban a dos de tres caídas sin límite de tiempo, y las voces eran las de los locutores que narraban y tomaban partida por algún bando, la lucha noramericana era en comparación con la nuestra, lacónica. Y en cambio los diálogos entre los luchadores jugaban un papel importante en el desarrollo del espectáculo, recuerdo, hace algunos años lo extraño que me pareció oír a un luchador gringo hablar. El luchador mejicano es esencialmente mudo. Sobra decir que con la estandarización de este espectáculo, aprendió a hablar.
Pero lo que más me pareció diferente cuando vi por primera vez la lucha noramericana, fue la ausencia de un réferi, quiero decir, en medio de los dos luchadores, había una persona de uniforme a rayas, que contaba las palmadas en el piso al concluir la lucha. Pero nada más. En México la interpretación del réferi de luchas, fue harto distinta; tenía nombre, personalidad, ataviado de manera lustrosa y para bien o para mal, participaba decisivamente en el resultado del encuentro.
No quiero trazar aquí una descripción de los rasgos de la figura del réferi, en la lucha mejicana y noramericana, me interesa más pensar en qué hizo tan distinta la recepción de este personaje, de un rito tan importante en las clases bajas de ambos países. Para los gringos, la incómoda necesidad de que exista, a sabiendas de que su anulación imposibilitaría el rito, le dieron un atavío en blanco y en negro, como para atenuarlo todavía más, quisieron que su acción se limitara a la irrevocable legitimación del triunfo o la derrota, que los luchadores deben acatar, porque de no hacerlo, -consideran- la lucha misma, sería un sinsentido. El réferi de las luchas americanas es acotado pero contundente.
En México, la interpretación del rito de la lucha fue distinto, el mejicano no concibe la idea de que un árbitro sea parcial o secundario, pues nunca ha experimentado la imparcialidad, en quien debe aplicar una regla. Ello le hace descalificar a priori la posibilidad de que su réferi sea justo. Y la configuración que hace de esta idea es la de un ser mañoso, que se ha hecho un rostro y una personalidad definida, su atavío no es uniformado sino exageradamente individualizado. Es él mismo un luchador, el luchador que no lucha. Es también un personaje que huye de los roles clásicos en la lucha, dónde, o se es técnico (bondadoso, limpio, cristiano) o se es rudo (malvado, tramposo, violento) el réferi mejicano puede ir de un bando a otro, sin el menor resentimiento, pareciera que parte de su esencia es no pertenecer a nadie, y esa libertad anárquica, -el réferi mejicano es el único, a capricho, que puede negarse a sí mismo, o bien regresar a sí- no le concede la complejidad de la sorpresa, sino por el contrario le vuelve predecible y latoso - ello lleva al espectáculo de la lucha a la constante frustración, el espectador es testigo, de una reiterada ruptura de todos los símbolos que pudieran trazar una trama, ello constituye el estallido sustancial de la lucha libre mejicana, cuya única cura es la apoteósica carcajada que llega desde el público, la carcajada es lo que hace posible la repetición del rito.