lunes, 27 de septiembre de 2010

VACÍOS SIGNIFICATIVOS

Ante los vacíos que la decadencia del Estado en México ha generado, los distintos poderes fácticos se han ocupado de llenarlos y suplir con su presencia y sus decisiones, sus intereses y sus influencias, el trabajo que le correspondía al gobierno y pasarnos, por ende la factura de dicho trabajo, sin importarles dos cosas primordiales al respecto: que el gobierno sigue cobrando impuestos como si cumpliera satisfactoriamente con su función y como si estos impuestos en realidad fueran aprovechados como debe ser; y, segunda cosa importante, que estos poderes, al margen de la ley o por encima de ella –la posición es lo de menos si de todos modos violentan y sodomizan a la constitución y laceran el bienestar social-, además de pasarnos factura por realizar tareas del gobierno, reciben –o recibieron, el tiempo es lo de menos si la conjugación arroja los mismos resultados funestos, pues el orden de los verbos no altera el asalto al bien común, a quien si lo alteran y afectan los males endémicos del país- ganancias, prerrogativas y prebendas tan inmorales, tan cuestionables y tan indefinibles que me bastará y no con llamarlas aquí significativas.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en línea dice lo siguiente sobre el término significativo: 1.- Que da a entender o conocer con precisión algo. 2.- Que tiene importancia por representar o significar algo. Y visto así, pues es innegable que dichos beneficios son, sin duda alguna significativos.
Significativo es pues que la educación de México siga copada por esa lacra que perjudica la reputación de cualquier sindicato del mundo –hasta el de la CTM se queda corto ante dicha organización-, denominada SENTE –Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación-, cuya líder –o lideresa, con la cuestión de la equidad de género el castellano muta de manera constante- vitalicia ha hecho de esa asociación un negocio familiar muy rentable para ella y los suyos, mientras, entrampados en el laberinto del Sistema de Educación por Competencias, docentes, alumnos e instituciones en general no pueden hacerle frente a una vida cambiante que nos deja, cada vez, más al margen ya no de la modernidad, que hace mucho tiempo hizo mutis en el escenario de la historia, sino de la posmodernidad –hoy llamada transmodernidad- que también conocemos como globalización.
Significativo es también que, ante la erosión de la figura presidencial, otrora eje totémico y axial de la cultura y la política mexicana, en lugar de una democracia descentralizada y parlamentaria que se fundamente en principios legales y constitucionales de avanzada, haya aparecido ese Frankestein que hoy conocemos como partidocracia –tan corrupta e ineficiente como la dictablanda o ‘Dictadura Perfecta’ que el PRI logró representar durante 70 años y que, al parecer, nos volverá a gobernar a partir del 2012; maldición que ni los mayas previeron, supongo-; monstruo alimentado no sólo por la falta de cultura democrática en nuestra sui géneris clase política y en nuestra no menos estrambótica sociedad civil, sino también por los intereses de oligarcas y grupos de poder de distinta índole pero de muy parecidas mañas y manías.
Significativo resulta también que el consorcio televisivo más grande del país, quien forma un duopolio con su homólogo no menos siniestro y oligarca reciba, por parte del gobierno calderonista –oh, excelso sistema donde todo es felicidad (léase esto último sin sarcasmo, al fin de cuentas el presidente y sus gobierno no lo entienden o no les interesa entenderlo en lo más mínimo)-, todos los beneficios a muy bajo costo –bajo costo para Televisa, alto para los ciudadanos que ya lo pagaremos, nomás hay que acordarse del FOBAPROA- de la comunicación televisiva digital y telefónica de fibra óptica.
Significativo se califica el hecho de que el magnate más poderoso del mundo, ofendido por este desplante de don Felipillo de Jesús con el cual decidió favorecer a la empresa de Emilio Azcárraga y no a su monopolio privado de servicios y atención telefónica, en lugar de diseñar las estrategias adecuadas para la sana competencia ante la televisora que tiene por baluarte cultural más importante a Chespirito, y en lugar de replantear su política de inversión en este país que lo ha enriquecido hasta el hartazgo –hartazgo ciudadano, precisemos-, esté considerando seriamente llevarse sus inversiones y capitales más sólidos al Brasil, donde muy probablemente el gobierno de Lula ya lo espera con los brazos abiertos, mientras que aquí el desempleo y la crisis económica siguen consolidando a Felipe Calderón y a su partido como estereotipos de ineptitud rampante y como arquetipos de políticos gerenciales de la era global para países tercermundistas, mientras lo que queda de la izquierda mexicana institucionalizada en partido político continúa en su frenético, absurdo y vergonzante monólogo de vanidad, resentimiento, ignorancia, inmadurez e hipocresía, haciendo que sus poquísimos logros –como los de ciertas legislaciones que en el DF han escandalizado a las buenas conciencias que son buenas porque su dogma moral se los indica y que son conciencias porque, desde que se fundaron, allá en la época colonial, su criterio autocrático así se los hizo saber-, se pierdan entre rebatingas que más parecen pleitos representados por pintorescos personajes de barriada creados por Ismael Rodríguez para hacerle marco a Pedro Infante en alguna cinta melodramática, lacrimosa y misógina.
Más significativo y doloroso aún es que, ante el vacío de una sociedad civil que sí existe pero que no se hace presente como tal por su permanente desarticulación, y ante el vacío institucional de un Estado que usó hasta agotar dichas instancias –las instituciones-, el crimen organizado ha venido a hacerse omnipresente de una manera no sólo sanguinaria y virulenta, sino también lo suficientemente sólida como para no dejar lugar a permitirnos el lujo de visones optimistas en torno a una posible solución, ya no inmediata o mediata, sino solución a secas de la problemática que esta forma de delincuencia ha convertido en parte de nuestra cotidianidad.
El linchamiento de dos presuntos secuestradores en el municipio de Ascensión, aquí en Chihuahua, en fechas pasadas, y los casos de ciudadanos que, armados, se han defendido de delincuentes que los han agredido, logrando herir o asesinar a sus agresores, nos deja ver claramente cómo, ante el significativo vacío del Estado de Derecho, la ciudadanía empieza a manifestarse, ya individualmente, ya de manera colectiva como una entidad que desea también hacer valer su voz y sus derechos. Sí, aunque significativa esta respuesta ciudadana, plenamente explicada ante la luz de las circunstancias actuales, presenta dos grandes posibles consecuencias, mismas que la llevarán de ser “plenamente explicada” a ser “justificadamente explicada”, sin embargo, cada una de esas consecuencias pueden justificar la situación aquí comentada con estadios de vida antagónicos.
La primera consecuencia, y la más riesgosa por la inmediatez con la que se puede dar, consistiría en una paulatina y no muy lenta transición de una sociedad con miedo y rencor a una sociedad con miedo y rencor enteramente armada que en un afán de vigilancia y celo de su patrimonio y de su bienestar llegase a comportarse de una manera muy similar a los delincuentes de quienes pretende defenderse, esto, claro, sin ser completamente consciente de dicha situación; al grado de que cuando una solución más apegada a ley, al derecho, a la democracia, a la constitucionalidad y al bienestar social pudiese vislumbrarse, su concreción se antojaría harto difícil, toda vez que la gran mayoría de las personas se encontrarían sumidas en la desconfianza más hostil imaginada, y sí, como ya lo dije, plenamente justificada.
La segunda posible consecuencia sería aquella donde la sociedad civil aprovechara esta crisis para aparecer en la historia con una nueva cara, aquella que se muestra a partir de una articulación respetuosa y democrática –no una democracia entendida en los términos institucionales actuales y anquilosados, rebasados por la realidad, sino una democracia participativa real, fundamentada en el quehacer ciudadano que se da en función del bien, de la armonía y de la tranquilidad del ser colectivo-. Ésta, a diferencia de la otra posible consecuencia, sería más ardua, lenta y difícil de construir y alcanzar, no sólo por las terribles y dolorosas condiciones actuales, sino, como ya se dijo anteriormente, por la falta de una sólida tradición democrática en nuestra ciudadanía.
Ambas situaciones al presentarse, tal y como se mencionó, estarían plenamente justificadas por el contexto que nos ha tocado vivir y padecer, es decir, serían vistas como justas, normales, únicas o casi únicas, necesarias y casi insustituibles, sino es que del todo insustituibles, y depende en gran medida de la misma sociedad civil que una de las dos predomine con esa característica: la de verse plenamente justificada, es decir la de ser la más justa y adecuada, la de ser la más aceptada y convertirse con ello en la norma principal para regir nuestro destino y nuestras relaciones por un periodo largo de nuestra existencia como pueblo y como individuos. Tarea no muy justa que digamos, faena nada fácil y, por ende, labor verdaderamente significativa... Ante el vacío se presenta ahora la necesidad de otorgar significado histórico a nuestros actos.

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