La publicidad que enarbola el último informe de gobierno del primer mandatario del Estado, incluye frases que buscan dar una imagen de sensatez y de aceptación ante el caos que se vive en Chihuahua, buscan entre otras cosas diferir la responsabilidad del gobernante, el sendo aparato burocrático de publicistas que desarrolla las muy ingeniosas frases, utilizó algo como: “cuando Reyes Baeza inició la administración, nadie imaginó una situación como ésta”, el sentido de la frase publicitaria es: esta situación era inimaginable, esta situación es indeseable. Tales frases condensan el tamaño de la inteligencia de esta administración.
Pero estas reflexiones no se dirigen al ejecutivo estatal y sus amigos, me quiero referir más bien a la clase política de Chihuahua, en el sentido más amplio del término, finalmente Reyes Baeza es sólo un accidente de la violenta realidad en Chihuahua, él es el cordero, los lobos son otros. Si volviéramos el tiempo atrás y preguntáramos al Reyes candidato si elegiría ser gobernador en la realidad que vivimos, seguramente respondería sí, pero un sí, muy diferente. Ningún político en Chihuahua está hecho para el heroísmo, Reyes funciona muy bien en un Chihuahua pretérito donde las fórmulas para gobernar son simples y conocidas: despachar con un tono de empática retórica, auspiciar ligeras prácticas de nepotismo y amiguismo, dar despensas e inaugurar obras, perpetuar la suntuosidad de las fiestas populares etc.
Sin embargo la realidad social de Chihuahua exigía un cambio sustancial, que ni el gobernador ni sus secretarios podían advertir, ya no se puede hacer política como antaño, mucho menos si ésta es más suavizada, Reyes quiso jugar al demócrata, quiso establecer una policía científica y un sistema de justicia penal moderno, cuando ni las instituciones (incluidas las dos universidades más representativas en el Estado) ni sus amigos quienes las detentan, comprenden estas dos ideas fundamentales: ciencia y modernidad.
Ante tales aporías, no podía ocurrir otra cosa que el desorden y el connato de anarquía que diariamente vivimos, nuevamente la figura de Reyes comparece ante nosotros como un problema generacional. La caída del presidencialismo nos legó una generación de gobernantes que quieren ser democráticos pero que son íntimamente posrrevolucionarios, me explico: el formato de los políticos mexicanos no es el del héroe insurgente, ni el del republicano austero, ni el del revolucionario, ni el del señorpresidente, nuestros gobernantes son menos fuertes y menos inteligentes que sus predecesores. Basta pasar revista a los gobernantes de las entidades federativas: Fidel Herrera, Mario Marín, Enrique Peña Nieto, Amalia García, Carlos Borruel, o Rodrigo Medina Cruz, políticos hechos para la ligereza, para la innoble tarea de repartir -a veces bien, otras no tanto- la bonanza de un país que fue extraordinariamente rico. Ante ese paradigma es correcto llegar a la solución de los publicistas de Reyes Baeza, -hombre, esta realidad a quien le gusta, yo me hice político, sí, pero para fines muy distintos- .
Pero lo último que quiero es hacer de estas líneas una villanía, la reflexión más inteligente que podemos extraer de nuestra realidad política es que necesitamos el advenimiento de una nueva clase política, hecha de estadistas, ello es difícil, pero creo que es la única salida. Pues ante un Estado fallido, no faltan las voces nostálgicas que claman por la mano dura del sexenio patricista, cierto, preferimos mano dura, a la deleznable tibieza de esta administración, pero lo que es una verdad es que el pasado no regresa, al menos no idéntico. La otra salida, igualmente irreal es la del “pacto con el crimen organizado”, dónde el mismo término: “pacto con el crimen organizado”, es tan cándido como irresponsable.
La respuesta que yo propongo es la de gobernantes capaces de ver más allá de la entrega de despensas, más allá de frases ingeniosas y costumbres electoreras, pero siendo realistas tal vez debemos esperar el fracaso de un par de administraciones más para considerar con seriedad este cambio.
La nota de los últimos días fue el video donde el gobernador de Chihuahua y su “segundo” el secretario General de Gobierno, burlándose finamente de un diputado panista quien había declarado una supuesta omisión en la entrega del informe de gobierno, los dos abogados y políticos priistas haciendo gala de su astucia ridiculizaron la incompetencia del congresista de acción nacional. Esta imagen, la del político, la del abogado astuto, la de los dimes y diretes de la vida pública, y todo su halo de ligereza, bien sirven de postal, de lo que nunca fue este sexenio.
Pero estas reflexiones no se dirigen al ejecutivo estatal y sus amigos, me quiero referir más bien a la clase política de Chihuahua, en el sentido más amplio del término, finalmente Reyes Baeza es sólo un accidente de la violenta realidad en Chihuahua, él es el cordero, los lobos son otros. Si volviéramos el tiempo atrás y preguntáramos al Reyes candidato si elegiría ser gobernador en la realidad que vivimos, seguramente respondería sí, pero un sí, muy diferente. Ningún político en Chihuahua está hecho para el heroísmo, Reyes funciona muy bien en un Chihuahua pretérito donde las fórmulas para gobernar son simples y conocidas: despachar con un tono de empática retórica, auspiciar ligeras prácticas de nepotismo y amiguismo, dar despensas e inaugurar obras, perpetuar la suntuosidad de las fiestas populares etc.
Sin embargo la realidad social de Chihuahua exigía un cambio sustancial, que ni el gobernador ni sus secretarios podían advertir, ya no se puede hacer política como antaño, mucho menos si ésta es más suavizada, Reyes quiso jugar al demócrata, quiso establecer una policía científica y un sistema de justicia penal moderno, cuando ni las instituciones (incluidas las dos universidades más representativas en el Estado) ni sus amigos quienes las detentan, comprenden estas dos ideas fundamentales: ciencia y modernidad.
Ante tales aporías, no podía ocurrir otra cosa que el desorden y el connato de anarquía que diariamente vivimos, nuevamente la figura de Reyes comparece ante nosotros como un problema generacional. La caída del presidencialismo nos legó una generación de gobernantes que quieren ser democráticos pero que son íntimamente posrrevolucionarios, me explico: el formato de los políticos mexicanos no es el del héroe insurgente, ni el del republicano austero, ni el del revolucionario, ni el del señorpresidente, nuestros gobernantes son menos fuertes y menos inteligentes que sus predecesores. Basta pasar revista a los gobernantes de las entidades federativas: Fidel Herrera, Mario Marín, Enrique Peña Nieto, Amalia García, Carlos Borruel, o Rodrigo Medina Cruz, políticos hechos para la ligereza, para la innoble tarea de repartir -a veces bien, otras no tanto- la bonanza de un país que fue extraordinariamente rico. Ante ese paradigma es correcto llegar a la solución de los publicistas de Reyes Baeza, -hombre, esta realidad a quien le gusta, yo me hice político, sí, pero para fines muy distintos- .
Pero lo último que quiero es hacer de estas líneas una villanía, la reflexión más inteligente que podemos extraer de nuestra realidad política es que necesitamos el advenimiento de una nueva clase política, hecha de estadistas, ello es difícil, pero creo que es la única salida. Pues ante un Estado fallido, no faltan las voces nostálgicas que claman por la mano dura del sexenio patricista, cierto, preferimos mano dura, a la deleznable tibieza de esta administración, pero lo que es una verdad es que el pasado no regresa, al menos no idéntico. La otra salida, igualmente irreal es la del “pacto con el crimen organizado”, dónde el mismo término: “pacto con el crimen organizado”, es tan cándido como irresponsable.
La respuesta que yo propongo es la de gobernantes capaces de ver más allá de la entrega de despensas, más allá de frases ingeniosas y costumbres electoreras, pero siendo realistas tal vez debemos esperar el fracaso de un par de administraciones más para considerar con seriedad este cambio.
La nota de los últimos días fue el video donde el gobernador de Chihuahua y su “segundo” el secretario General de Gobierno, burlándose finamente de un diputado panista quien había declarado una supuesta omisión en la entrega del informe de gobierno, los dos abogados y políticos priistas haciendo gala de su astucia ridiculizaron la incompetencia del congresista de acción nacional. Esta imagen, la del político, la del abogado astuto, la de los dimes y diretes de la vida pública, y todo su halo de ligereza, bien sirven de postal, de lo que nunca fue este sexenio.
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